domingo, 2 de agosto de 2009

¿Para que nos sirve la memoria colectiva?

Septiembre 11 de 2008, yo, sentado en el teatro Colsubsidio en Bogotá, esperando que inicie el musical “Gaitán, el hombre que yo amé”. Dos horas y media después, al salir del teatro, no solo tenía una dual y extraña sensación que variaba entre la nausea y el mareo por la coordinación excesivamente perfecta y la melodía impecable mezclada con la sensiblería y el cliché, sino también una necesidad extrema de decirle al taxista que me recogió a la salida del teatro, la dirección de mi casa, entonada en un canto al mejor estilo “criollo-broadway” y con una bandera de Colombia ondeante en mi brazo. La razón por la cual comento este episodio en este texto, es que durante la función, no pude de dejar de pensar en los planteamientos que hace Andreas Huyssen, en su capitulo “Memoria: Global, Nacional, Museológica” en su libro “En busca del futuro perdido”. Creo que por mi cabeza, las primeras preguntas que pasaron de un lado al otro, fueron, ¿sí habrá sido realmente Gaitán ese cuasi mesías político y popular que vi cantando en ese escenario?, ¿representan la realidad social de la época los obreros que jugaron tejo cantando y bailando y las mujeres estereotipadas con impecables trajes de ama de casa y pañoletas en la cabeza, parte de la “clase obrera” contemporánea a la vida de Gaitán?. No soy ni gaitanista, ni galanista, ni uribista, (pues le tengo fobia a cualquier "ista"), ni este texto pretende hablar de política colombiana, por lo tanto quien lo sea, por favor no se sienta aludido. Cada uno tendrá derecho a rescatar y guardar la versión de la historia y de sus personajes que más le convenga, le agrade o le alivie. Y es este precisamente uno de los aspectos claves que encuentro en este texto de Huyssen.

En primer lugar, contextualizando el término, me parece que como lo sitúa Huyssen, memoria abarca todo, es decir, cualquier hecho que “merezca” ser recordado es susceptible de ser un retazo de la colcha de la memoria colectiva. Desde una obra de teatro sobre un caudillo político, la caída de las torres gemelas representada en documentales de corte político o nueva era o en películas de cine comercial e independiente, hasta el Holocausto. Pero en primera medida, cabe preguntarse, que es lo que “merece ser recordado”, por qué se recuerda, para que se recuerda y a quienes se recuerda. Estas, a mi modo de ver, son preguntas que se pueden deducir de sus planteamientos y que allanan el camino para la discusión y el debate sobre el alcance y pertinencia real de la memoria, lo cual me parece cuestiona a lo largo del texto.

Dada la vocación de los Estudios Culturales, de no quedarse en el análisis de las responsabilidades y funcionalidades de los medios para la construcción de memoria (en este caso la función comercial y la función del museo), sino de ir más allá, para intentar entender las tramas que sustentan estas funcionalidades, prefiero, entonces empezar por el final, trayendo lo que me parece es la mejor conclusión del documento: El llamado que hace Huyssen a no quedarse en el análisis de la memoria, desde el punto de vista de la culpabilización de los medios que la producen y la reproducen, sino de ir más allá para entenderla, en primer lugar como un fenómeno contingente, cambiante y heterogéneo, en la medida en que carece de valor absoluto y que depende del tiempo y del espacio en la cual se construye. Por lo tanto, me resulta paradójico y difícil pensar, (pero ahora que lo veo desde este ángulo, en acuerdo con ello) en la memoria, como una construcción del pasado, que tiene mucho menos que ver con el mismo pasado, y sí mucho mas que ver con el presente desde el cual se construye y también con la percepción de futuro que genera temores que precisan un espejismo de estabilidad que no existe. Lo que me parece retador de la propuesta de Huyssen, es que bajo la mirada a la memoria como una o varias representaciones subjetivas de una realidad pasada, no hablamos de mas que de productos de la imaginación que se articulan con sensaciones de miedo, añoranza, pérdida, fracaso, pero también de aspiración y esperanza por nuevos y mejores escenarios. Pienso por ejemplo que, no en vano, muchos aun ven en la imagen de Gaitán o de Galán, una solución para Colombia que nunca llegó pero que también genera un excelente patrón de comparación para lo que ha de llegar o de juzgar lo que llegue según que tan cerca o lejano se encuentra de ese imaginario.

Pero para entrar aun más en el corazón de la propuesta del texto, hay que analizar la razón por las cuales se producen tales imaginarios. Se plantean de alguna forma tres niveles que la configuran, y que en su orden uno a uno, ayudan a pensar el siguiente, pero sobre los cuales exhorta a no quedarse en el más básico, sino a llegar hasta el último. En primer lugar, plantea la presencia del miedo al olvido que desencadena una necesidad constante a recordar, pero al mismo tiempo, un exceso de memoria que genera este miedo. En segundo lugar, plantea el cambio en las formas de percibir y sentir experiencias cotidianas, dadas por las nuevas tecnologías, los nuevos medios, las nuevas formas de vida y los nuevos comportamientos de consumo, que generan la sensación de obsolescencia rápida en un presente cada vez más corto y mas vertiginoso y por tanto que produce el ya mencionado miedo a la pérdida y al olvido. Pero quedarse en este nivel, nuevamente sería no pasar de las consecuencias mismas del medio. El tercer nivel tiene que ver consecuentemente, con la fractura en la forma de percibir las relaciones con el tiempo y con el espacio, que ya no es estable, rígida, quieta, sino por el contrario está abocada al cambio permanente. Esta sensación de inestabilidad, encuentra en la memoria (como ya se dijo siempre subjetiva) un intento de resistencia a tales cambios, mediante construcción de formas de identidad que no dejan de ser generadas por los mismos medios que producen el cambio desestabilizador, por lo que pareciera que se produce un espejismo tras espejismo de nunca acabar. De esta forma entiendo, entonces, la proposición tropológica de la memoria y de su esencia representativa, y es clara en el ejemplo central del Holocausto, en la medida en que cada vez que se remitió a ella para analizar un nuevo hecho de barbarie, sitúo un eje común de análisis, pero a la vez que redefine el análisis en la forma de abordar particularidades propias del hecho estudiado, evidenciando u ocultando características particulares y por lo tanto, no dejando de ser una representación, un imaginario construido desde otro imaginario, desde un recuerdo filtrado y subjetivo.

La potencia de la memoria como un mero ejercicio de representación y de imaginación, va más allá de solucionar un problema de miedos e inestabilidades. También tiene una potencia muy productiva y eficiente en la construcción y naturalización de verdades y subjetividades, sean estas con intereses de mercado y de consumo o con intereses políticos y de identidades de nación y de patria. Y es en estas dos caras de manifestación de la memoria que veo otro tema importante expuesto por Huyssen: El carácter global o local de la memoria. Hace énfasis en la manifestación local de la memoria en la construcción de nación, el fundamentalismo político y religioso, y los procesos de amnistía y de silenciamiento y ocultamiento político que permiten incluso la aceptación naturalizada de hechos violentos que justifican la construcción de nación y la realidad actual de la misma. Me pregunto por ejemplo que tanto de amnésico tienen los esfuerzos de justicia y reparación que remueven la memoria con ciertos halos de justicia demorada pero siempre paternalista y segura. Al final del día, tras el otro lado de la pantalla del televisor, a muchos deja tranquilos saber “que el estado por fin hizo lo justo”, que por tanto la memoria también hizo lo suyo, y que pueden seguir tranquilos (lo cual a muchos, muy posiblemente y realmente nunca les intranquilizó). También piénsese por ejemplo en conmemoraciones como las del 26 de mayo en Australia en búsqueda de la reconciliación frente al maltrato histórico a los aborígenes. Por lo tanto, cabe preguntarse, ¿la justicia y la reparación, realmente a quien conviene más?, a las víctimas o al estado mismo y a la noción que de El tenemos en la unidad y la defensa del estado nación. Por eso es que es válido pensar que la memoria lo mejor que hace es olvidar, pero también naturalizar y legitimar.

En el caso del carácter global, aunque no hace énfasis explicito, lo veo operando efectivamente en el uso de la memoria a nivel del marketing industrial, transnacional y del consumo. En un mundo globalizado, con una producción constante de flujos de vidas imaginadas, costumbres y cotidianidades deseadas y adaptables, la memoria universal se vuelve sumamente productiva para “la venta de subjetividad” y para la aceptación o el rechazo (ambas posibilidades igual de productivas y rentables a nivel de marketing) de hechos y estilos de vida de cualquier parte del planeta. No podemos, “ni debemos” olvidar por ejemplo, los hechos del 11 de septiembre de 2001 en las torres gemelas, ni tampoco “la cultura de sus autores”, por que cada vez que lo recordamos, tememos y rechazamos la coartación de los derechos de expresión y de consumo que suponen estas “sociedades bárbaras”, de sus “atrocidades” contra la mujer y contra el mercado. Lo más interesante de todo es que respecto al carácter global y local de la memoria, en cuanto a su manifestación de uso en el consumo y en la política, se unen y se mezclan convenientemente, por tanto, la memoria es más funcional aun, en la medida en que dentro de un mundo globalizado, no deja de dar frutos de “estabilidad”, pero también de rentabilidad, piénsese por ejemplo en Timor Oriental, donde los visitantes pagan por pasar una noche en una prisión como “experiencia de memoria” o en el museo de las islas Robben (lugar donde Mandela pasó 25 años preso), el cual depende de antiguos prisioneros que sirven de guías para los turistas y visitantes, o en Sudáfrica donde agencias turísticas organizan visitas guiadas a sitios representativos del terror y la violencia del apartheid.

Otro aspecto importante que veo en la propuesta del texto, es la suposición de amenaza que para la misma construcción y conservación de la memoria, constituyen las nuevas tecnologías y los nuevos medios, lo cual en si mismo sería contradictorio, en la medida en que como ya se revisó según Huyssen, son estas nuevas tecnologías las que generan nuevas formas de relación con el tiempo y el espacio y por tanto, las que crean nuevas sensibilidades que hacen relevante y urgente la construcción de la memoria. Es su carácter social y humano, ese carácter heterogéneo, cambiante, contingente el que realmente constituye su esencia misma. Tanto sería un error volcar a los medios, a las tecnologías, a los museos y a los monumentos, toda responsabilidad de salvaguardar los hechos y los recuerdos como también asignarles toda culpa. Si así fuera, la memoria no tendría ese matriz subjetivo, representativo el cual ya se ha comentado. Por tanto, como lo menciona Huyssen, la memoria se encarna sobretodo en los individuos, en las familias, en los grupos, regiones y naciones, no en el documental, el comercial, el museo o el monumento; estos son el “resultado de”, no la causa misma. La memoria es ante todo humana y social y aunque pueda ser moldeada por la tecnología y por la institucionalidad, no podemos reducirla a esto.

Puestos los elementos clave del texto, deseo ahora articularlos brevemente con algunos elementos que me llamaron la atención de un artículo de Louis Bickford, director del área de memoria, conmemoraciones y museos, del centro internacional para la Justicia Transicional de Nueva York, publicado en el periódico EL Tiempo, el 7 de septiembre del presente año, que me parece sumamente pertinente porque de alguna forma evidencia muchos de los elementos expuestos por Huyssen, en este boom de la memoria: “Construir la memoria colectiva de una nación implica la discusión sobre monumentos públicos, memoriales y museos. Estos son, de alguna manera, el paisaje físico de la memoria colectiva. Estos lugares de la memoria refutan la verdad oficial de las épocas autoritarias y dan voz a las víctimas y sobrevivientes. Desde estatuas y memoriales de guerra, el arte público conmemora eventos pasados, otorga señales a los lugares históricos al borde de los caminos y establecen placas en las que se destacan a héroes o villanos. Los lugares de la memoria, en todo el mundo, se toman los espacios públicos y los transforman en sitios de recordación y en una manera alternativa de la verdad”.

Según Loius Bickford los museos se han transformado en sitios públicos que refutan la versión oficial sobre el pasado y permiten crear conciencia para recordar lo bueno y lo malo, siendo su meta, no siempre la reconciliación. Pienso en algo así como dos caras de la misma moneda desde la perspectiva de Huyssen, pues por un lado me pregunto, como lo comenté al principio del texto, quien otorga la legitimidad de aquella verdad a la cual puede llegar a refutar la memoria, o quien decide en la materialización de la memoria, que es lo bueno o que es lo malo; pero al mismo tiempo de entrada es tentador darle un cierto carácter de resistencia a la memoria misma. Cuando se comenta por ejemplo que el memorial a la guerra de Vietnam en Washington posee a la vez dos significados, por un lado el heroísmo de los muertos y por otro la pérdida de vidas jóvenes en una guerra desacreditada, pienso, quien le da esas connotaciones al monumento?, el estado que lo construye y lo instituye o la sociedad que lo recibe. Podemos entrar a hacer entonces una diferenciación importante en términos de construcción de memoria: Aquellas que surgen con la intervención del estado y aquellas que surgen desde los memoriales e imaginarios populares. Ejemplos podrían ser los citados en el artículo: Los santuarios ubicados a los costados de carreteras que recuerdan las víctimas de represión en Argentina y Chile, los monumentos construidos por organizaciones civiles como “el ojo que llora” en Perú que recuerda a víctimas de muerte y desaparición, pero también tendríamos ejemplos cercanos como las “lápidas” que se ubican sobre la carrera séptima en Bogotá que reciben momentáneamente la mirada medio indiferente, medio curiosa y medio recreativa de ciclistas en la ciclovía. Lo que me parece importante de esta diferenciación, como herramienta de análisis, es que por un lado nos permite dar cuenta de las posiciones desde las cuales podemos observar o entender ciertos esfuerzos de memoria, y por otro lado, demuestra que sea cual sea el carácter de la construcción, institucional, popular o una amañada mutación de las dos, esta no deja de tener ese carácter subjetivo, representativo y sobretodo basado en las condiciones presentes.

“Todos estos lugares de memoria, sin embargo tienen poco efecto si están aislados. Su potencial se genera por el lugar, el sentido de su ubicación y tal vez lo más importante, el significado que se le atribuya para el discurso público y la memoria colectiva. Estos lugares representan la herida abierta por un hecho histórico, pero también conllevan la promesa de llevar la cicatriz con dignidad, una vez que las heridas sean sanadas”.

Al terminar la lectura de la propuesta de Huyssen, me surge cierta sensación de contradicción entre la crítica que entiendo se hace a la preocupación y atención excesiva a la memoria y la defensa de su carácter humano que también logro percibir en el texto. Pero esa contradicción se alivia cuando entiendo que lo que más bien advierte, es que lo perjudicial es dejar de pensar en ella como representaciones, para darle carácter de verdades o en creer, sustentar y legitimar una única versión de ella.

Para terminar, quisiera decir que en este momento me muevo entre la crítica y la defensa de la construcción de la memoria. Creo que es importante en la medida en que como objeto de análisis, se mire con cuidado para analizar lo que hay detrás de ella y entender que nos dice su configuración, sobre el presente, más que lo que tiene que decirnos del pasado. Pienso que en ese aspecto es útil y valioso como un potente elemento de análisis y crítica cultural. Por otro lado, pienso, y estoy de acuerdo con la última frase del texto, y espero crear con esta afirmación la suficiente controversia para poder discutirlo, y es que creo que no hay nada de malo con olvidar ciertas cosas, pues recordarlas, siguiendo los planteamientos de Huyssen, solo logrará la construcción de un espejismo que sí servirá convenientemente a muchos otros intereses diferentes al de mantener viva la memoria. Creo que el olvido también puede ser resistente y por el contrario la memoria puede naturalizar peligrosamente ciertos discursos.

Tal vez, en algunas ocasiones (difícil tarea decidir cuales), podamos ver en el olvido también una forma de resistencia al miedo. Miedo a la inestabilidad, y miedo a las construcciones mismas de la memoria que nos llegan y nos abruman, después de todo es el recuerdo continuo el que mantiene vivos los mitos, las leyendas, y también los héroes y los villanos, y por tanto las construcciones de “bien” o de “mal” que se incrustan profundamente en el presente asfixiándolo con formas melancólicas del pasado o visiones apocalípticas o en exceso optimistas sobre el futuro, en cuyos ambos casos, ninguno realmente existe, mas que en la imaginación del individuo y de la colectividad.

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