miércoles, 3 de marzo de 2010

¿Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia?

Leer un artículo como “La Industria de la cultura: Ilustración como engaño de las masas” de Adorno y Horkheimer, siempre genera una sensación extraña en mi y básicamente por dos razones: En primer lugar, la realidad a la que he estado expuesto desde que nací a estado compuesta de medios. No experimenté el antes y el después de un medio de comunicación, e incluso diría, tampoco el de una industria cultural, excepto tal vez por al auge ascendente de la red virtual. Al igual que para muchos contemporáneos míos, la radio, la televisión y el cine simplemente son “otros compuestos del aire” los cuales damos por sentado y sobre los cuales se desliza nuestra cotidianidad diaria. En la práctica del mercadeo, se aprende que los medios, de nuevo, al igual que el aire, no solo son básicos sino que son la única forma de “sobrevivir” en la vertiginosa carrera por el posicionamiento en el mercado y el logro de la elección por parte del consumidor. En síntesis, ese “aire” en el que se convierten los medios para mi cotidianidad y para la de muchos, en principio son una de “las paredes” que arman mi “realidad” tangible; es difícil imaginarse la realidad sin ellos. Por lo tanto, la sensación extraña a la que me refería al inicio, es que inicialmente, siempre siento en Adorno un tono en demasía crítico, amargo, pesimista y hasta apocalíptico. Lo curioso es que siempre, inmediatamente después comienzo a comparar sus planteamientos con la realidad de los medios hoy, y me sorprendo de cuanta razón puede llegar a tener en muchos de sus planteamientos. Siempre es beneficioso, hacer ese giro, para mirar críticamente lo que consideramos como real, y siempre, un texto como el analizado en esta ocasión, es una oportunidad para afinar esa capacidad crítica. Por otro lado, ver una película como “Días de Radio”, me permite no solo ver en “escena” muchos de los planteamientos de Adorno, sino que también me permite ver de que forma, yo como individuo, vivo mis propios días de radio; claramente las situaciones son distintas, los medios preponderantes han cambiado y la forma en que nos relacionamos con ellos son distintas, pero en la esencia de la dinámica de las industrias culturales, muchos aspectos se mantienen. Por lo tanto a continuación deseo entonces denotar tres aspectos que más me sorprenden, entre muchos que plantean los textos, haciendo ciertas articulaciones con casos que veo en mi cotidianidad, desde una mirada crítica.

En primer lugar, me llama la atención la dependencia económica entre medios que configuran el sostenimiento de la dinámica de las industrias culturales. Para Adorno es una característica clara de las empresas de radiodifusión, su dependencia con otras industrias, que se evidencia en el aspecto económico y que trasciende el aspecto y la dependencia con la política. Pienso entonces en casos como el que acaba de generase la semana pasada en nuestro país. Un medio como revista Cambio, que de alguna manera ha generado una posición crítica ante el gobierno actual, sorpresivamente en época preelectoral decide cambiar su enfoque y eliminar de su nómina a sus más directos responsables. Alrededor se tejen muchas teorías, pasando por la más obvia, claro está, la de responder a una solicitud del mismo gobierno de eliminar esta como una de las fuentes principales de dolores de cabeza en materia de opinión pública. Esta tesis, parece bastante obvia, y no sería de extrañar, sin embargo me llama mucho la atención otra tesis, que en relación con nuestro tema de análisis en este texto, tiene mucho que ver; si pensamos en la Casa Editorial El Tiempo, recientemente comprada en su mayoría por Grupo Planeta, y siendo este uno de los principales grupos empresariales con hambre de canal de televisión, mal podría atacar a quien se configuraría como el principal decisor en el otorgamiento del canal. Antes de pensar en las causas políticas del redireccionamiento silenciador de una revista como Cambio, valdría la pena pensar en las causas económicas que desde el negocio, puede llevar a que un grupo económico, decida tomar tales decisiones. He aquí, me parece a mí una manifestación de la dependencia que caracterizan a las industrias culturales.

En segundo lugar, me llama la atención el planteamiento de considerar las industrias culturales como una reproducción en cadena, que de alguna forma normaliza y manipula la conciencia individual. La industria define las reglas y hace uso del cliché para mantener los estereotipos funcionando, mediante el uso de la técnica, configurando “el estilo” que destruye la verdad de las obras y obedece a jerarquías y categorizaciones. Esto le permite, siempre regresar y mantener la norma, bajo la excusa de ser esta la que desean las masas, cuando fue ella la que definió sus deseos. De esta forma a los públicos se les impone autoritariamente programas y productos que en su esencia no se diferencian en nada, mientras que al mismo tiempo cualquier manifestación de creatividad y diferencia por parte del individuo es absorbida y devuelta al público como un nuevo componente de la conciencia colectiva que dicta patrones de comportamiento y estilos de vida “dignos” de ser imitados. En este aspecto no puedo dejar de pensar en la cultura telenovelera que caracteriza nuestro país y que define las parrillas de dos canales de televisión cuyo tal vez el 90 % de su programación se dedica a telenovelas. No obstante, esta cultura telenovelera, no se limita a la ficción del drama como tal, sino también al manejo de la noticia misma, la cual muchas veces carece de objetividad periodística, al convertirse más bien en una especie de show sensiblero que deja de lado el hecho de la noticia, para convertirlo en un show y un espectáculo que amerita la inversión publicitaria gracias a las posiciones altas de rating. No puedo dejar de pensar por ejemplo el despliegue barato e irrespetuoso que hizo noticias RCN de la tragedia en Haiti el mes pasado, en el cual, lejos de informar y respetar la situación de tragedia de otros o de servir de enlace de ayuda entre países y entre culturas, se dedicó a realizar un cubrimiento amarillista que incentivaba en el público una frase típica de estos “días de televisión”: “Esta noche las noticias si van a estar buenas”. Frases como esta, justifican para las industrias culturales, ofrecer un show trágico y repleto de morbo por el sufrimiento ajeno, disfrazado de noticia y de realidad. De esta lógica se desprende ese continuo “Jingle” publicitario de: “RCN el primero en llegar al lugar de la tragedia”; me pregunto, entonces, acaso el cubrimiento de la noticia de una tragedia, es una vara de premios por alcanzar?.

El tercer aspecto en el cual quisiera concentrarme, y el cual es tal vez para mi, más interesante, dados mis intereses de investigación, tiene que ver con el espejismo de la satisfacción de necesidades que ofrecen las industrias culturales. Hay tres elementos que menciona Adorno en el texto y que también se evidencia claramente en el film de Woody Allen, que mantienen esta idea del espejismo, y que son demasiado importantes y presentes hoy en día, tanto en el cine y la televisión, como en la publicidad. En primer lugar, la idea de la promesa como pilar del espectáculo y como estímulo del placer anticipado nunca sublimado. En segundo lugar, la continuidad del espectáculo con la realidad, que rompe los límites entre la ficción y lo real, que genera atrofia creativa y que dicta lo que el individuo debe suponer o desear. En tercer lugar, la sádica sensación de poder ser o hacer lo que se ve en la pantalla, gracias a la idea de las posibilidadedes y las probabilidades, pero que al mismo tiempo se muestra como inalcanzable para el individuo detrás de la pantalla, y que por tanto lo hace igual que a todos los demás en cierto estado de indefensión. Esto desemboca entonces en lo que Adorno menciona como el placer de no pensar en nada y olvidarse del sufrimiento, aunque este se ponga de manifiesto. El espejismo consiste pues en dar la sensación de libertad cuando no existe ninguna, de generar la idea de placer cuando lo que lo configura no depende de deseos propios del individuo, y de no definir una frontera clara entre la capacidad y potencia real del individuo y sus capacidades imaginadas y ficcionarias. Para ejemplificar este aspecto, quiero analizar la siguiente situación, que veo muy relacionada con la producción de subjetividad de las industrias culturales y de la absorción que hacen de cualquier posibilidad de resistencia ante la sociedad de consumo:

Es innegable en la última década la presencia de un interés por la responsabilidad social y ecológica en el consumo. Nunca antes, tantos trabajos cinematográficos de ficción o de carácter documental, ni tantas estrategias publicitarias tanto de productos como de servicios, habían hecho como centro de sus enfoques y argumentos, la responsabilidad en el consumo, la búsqueda de la sostenibilidad, el respeto por las culturas, la no explotación de estas en nombre de la globalización, el respeto por la diferencia y las minorías, y el cuidado por el medio ambiente. Actualmente, la necesidad de hacer cambios en los hábitos de consumo y de ser más conscientes de nuestra responsabilidad con la sostenibilidad de nuestras sociedades y de nuestro planeta, no es una ficción. Sin embargo me lleno de dudas cuando pienso en el real potencial de cambio que puedan tener los mensajes de las industrias culturales en pro de dar respuesta a estas necesidades. ¿Pueden las industrias culturales, realmente contribuir a la sostenibilidad de consumo?, o ¿son estas nuevas apuestas, no más que estrategias publicitarias que siguen soportando el modo de producción insostenible en el que vivimos, mediante “absorciones” de posibles resistencias de individuos que empiezan a pensar de forma distinta?. ¿Son estas “absorciones”, creaciones de subjetividad que permiten que los individuos se sientan tranquilos y minimicen su sentimiento de culpa, impermeabilizándolos de cualquier posibilidad de disminución en el deseo y en el consumo?. Pensemos por ejemplo, que hay realmente de resistencia y que hay de falsa “conciencia” de sostenibilidad cuando compramos una línea ecológica de un producto, aunque este tenga un sobrecosto, o cuando decidimos mercar en bolsas de lona en reemplazo de la bolsa plástica, que la misma cadena de supermercados nos vende por un valor nada bajo, o cuando vemos una película como “diamantes de sangre” que denuncia la degradación humana y la violencia rentable alrededor de la explotación de los diamantes en Africa, o una película taquillera como “Avatar” que de una forma metafórica manifiesta la inconsciencia depredadora del ser humano, pero que a la vez se convierte en una de las películas mas caras de la historia mientras medio mundo aun muere de hambre? ¿Es este el fenómeno del espejismo que tan bien describe Adorno, aquel en el que se satisface la necesidad de la nueva responsabilidad del individuo, pero que no pasa de la impresión del contacto con la realidad como si no fuera más que ficción de pantalla?.

Esta problemática que tiene mucho que ver con la lógica de las industrias culturales hoy por hoy, se convierte en un tema de mucho interés para mi, y textos (tanto escrito como audiovisual), me han permitido articularlo desde un punto de vista teórico y crítico.

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